Déjalo ir (1)
- 23 ago
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Primer capítulo de la serie sobre el miedo en el deporte
Recientemente tiré a la basura un par de zapatillas que tenían mucho más significado para mí que sólo la herramienta para ir a jugar a las pistas de tenis. Cuando me compré aquellas zapatillas, recuerdo muy bien que fue mi madre quien me las regaló, me dijo que las eligiera bien porque tenían que servirme mucho tiempo. No teníamos muchos recursos económicos en aquella época y mi madre tenía la idea que había que comprar cosas de buena calidad para que duraran más aunque costaran mucho.
Yo las elegí a mi gusto, totalmente blancas con el logotipo gris y una línea dorada muy delgada. Reforzadas en los puntos esenciales del pie y aquellas eran las zapatillas que quería, recientemente me había inscrito a un curso de tenis para universitarios y me emocionaba ir a la cancha con ellas. las usé poco, realmente, porque al terminar aquel semestre no volví más a los entrenamientos, no recuerdo por qué. Después las utilicé esporádicamente, para algunos partidos, y después compré otras zapatillas más baratas para otras temporadas. el tenis nunca fue mi deporte base, pero cómo disfrutaba entonces las tardes o mañanas esporádicas en la pista.

Como muchas cosas que atesoramos, las guardamos para no perderlas y, entre cajas, mudanzas y el tiempo, las zapatillas se quedaron en un caja en casa de mi madre. Yo crecí y dejé de vivir con mis padres, después dejé de vivir en la misma ciudad y después en el mismo país que ellos; fue cuando decidí llevarme algunas cosas de casa de mis padres y el resto tirarlos a la basura. Encontré de nuevo las zapatillas.
Seguían estando en “buenas” condiciones, desgastadas y un poco amarillentas, pero bastante funcionales, las cogí y me acompañaron por diferentes países donde, ocasionalmente, jugaba al tenis con alguna persona desconocida, me hacían sentir seguro, bien sólido en la pista, suponía que era porque se trataba de la horma, de una forma de las zapatillas ideal, porque habían sido caras y suponía que eso las hacía “buenas”.
Recientemente, comencé a jugar con mayor regularidad y las zapatillas me acompañaron nuevamente, con notables desperfectos, las suelas estaban lisas, y por diversas partes de la piel, estaban rayadas, tenían raspones grandes. y uno estaba por amenazar que pronto mi pie se vería. la piel de la zapatilla estaba agrietada, en alguna ocasión me dolió el pie al dar el paso. me sentía seguro en ellas, pero algo no estaba bien.
Las zapatillas, mis viejas zapatillas, son ese hábito, pensamiento, idea, rutina, tipo de entrenamiento, concepción, etcétera, que sigues empleando y que, posiblemente, no quieras dejar ir.
Las y los deportistas de alto rendimiento no se casan con sus zapatillas viejas, ni con la raqueta antigua, saben inmediatamente que eso les puede perjudicar en su rendimiento, pero sirvan las zapatillas como metáfora de los hábitos mentales y físicos, sociales etcétera, que como deportistas conservas, sigues utilizando aunque ya estén agrietados y todo porque en algún momento te fueron funcionales, porque en algún momento te dieron e hicieron sentir confianza o alguna otra emoción placentera. Qué decir de aquellos hábitos que se vincularon en tu mente como necesarios para ganar, para hacer bien las cosas. Las zapatillas, mis viejas zapatillas, son ese hábito, pensamiento, idea, rutina, tipo de entrenamiento, concepción, etcétera, que sigues empleando y que, posiblemente, no quieras dejar ir.
¿Por qué nos cuesta dejar ir? Miedo –consciente o no–. Recordemos que nuestro cerebro está “programado” para no dejarnos morir, para cuidarnos de las amenazas, y, lamentablemente, nuestro cerebro, la parte primitiva, no filtra la información, y si algo es nuevo y no reconocido, será amenazante para él, es por esta razón que reacciona con miedo y rechazo a la idea de cambio, de tirar esas zapatillas y aprender una nuevas. Porque las zapatillas representan la seguridad, el estado ideal que nos hace bien, que conocemos y por ende estamos seguras.
No me gustaría dejar aquí esta reflexión, pero hablar de miedo es un punto y aparte que da para mucho más. Así que lo dejaremos para un próximo texto. Mejor terminar preguntando ¿qué es aquello que no dejas ir? ¿Aquello que forma parte de ti y que seguramente fue útil, pensamientos, prácticas, hábitos, pero que ahora podrías dejar ir y llenar ese espacio con nuevas formas que te permitan desarrollar más potencial en ti, nuevas habilidades?
Por cierto, mis zapatillas quedaron en un cubo de la basura. Las vi allí por última vez y sonreí, la pasamos bien juntas, ellas y yo.
¿TE CUESTA DEJAR IR?
SÍ
NO





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